
Era una noche fría de agosto. Estoy seguro.
Sentado en su sillón azul, en la cubierta, el capitán destapaba una botella de champaña que guardaba vaya uno a saber para que acontecimientos. El hombre estaba un poco ebrio, tal vez ni eso. Sólo confundido.
Detrás de él, recortado en el cielo, el faro.
Por delante un océano azul, oscuro, helado.
A su lado tres marineros muy jóvenes y dispuestos a llevar el barco donde el viejo, ebrio o confundido, les supiera indicar.
Era una noche de agosto. Helada.
Tomaron la champaña y pusieron proa a ese punto infinito donde la fugaz luz del faro había marcado un surco sobre las aguas.
Dicen que continúan navegando juntos por un mar eterno.