viernes, 26 de febrero de 2010
Artes Cotidianas
La otra es lo difícil que es decir que no. También caigo en la trampa del sí que me evita malos tragos sociales pero que me entrampa en malos tragos personales.
El mundo sería más sencillo si no pidieramos y no nos pidieran aquello que no deseamos hacer, o dar, o lo que fuere y si cuando esas cosas ocurren tuvieramos también el valor de decir no y la serenidad para aceptar que nos digan que no.
Entre el dar y el pedir a veces un NO a buen tiempo hace la diferencia. ¿Pero quién es tan guapo para decir todos los NO que debieramos?
Mientras voy anudando infinidades de si. Unos dichos con convicción, otros con amor sincero y algunos cuantos porque no me quedaba mas remedio o porque me faltaba valor para el NO.
Pero si algunos de mis si me han movido a dudas en algún laberinto de mi existencia, tengo una gran seguridad por los no que he pronunciado.
Decir NO es un arte, puede ser muy bueno y es un aprendizaje.
A veces también ayudaría el desarrollo del otro arte. El de no pedir lo que otros no querrían dar.
Bicho raro el ser humano
viernes, 5 de febrero de 2010
Iblin de Potosí
Se llama Iblin y no tiene más de 30 años. Es hija de mineros y ella misma trabajo seleccionando metales. Es viuda de un minero que no murió de silicosis sino de alcoholismo, otra de las enfermedades que afectan a los mineros. Iblin tiene dos hijos que van a la escuela porque ella no quiere que trabajen en la mina. Es guía de turismo en los laberintos helados, sofocantes y sulfurosos que que conducen al interior del infierno o al corazón del cerro Rico de Potosí, que es lo mismo. Un camino que esconde muertes horrendas como las que se desprenden del polvo y los vapores de arsénico, plomo y mercurio.
Los incas no quisieron sacar los metales del cerro Rico por temor a una profecía. Los españoles obligaron a trabajar a los indios y desde el virreinato de Toledo se implantó la mita. Durante el siglo XIX los barones del estaño Mauricio Hoschild, Carlos Víctor Aramayo y Simón Patiño esclavizaron a la población hasta que en 1952 se nacionalizaron las riquezas del cerro Rico.
Quinientos años de extracciones minerales. Quinientos años de injusticia y de muerte.
En el interior los mineros veneran al Tio de la Mina. Una especie de demonio que los curas usaban para meterles miedo y que los indígenas transformaron en ídolo de la suerte. Allí en las profundidades le levantaron un altar y lo ofrendan con coca, alcohol, cigarros y serpentinas de colores. Afuera, a la luz del sol, bailan por nuestra Señora del Rosario.
Allí en el cerro Rico o en el cerro hambriento de Potosí los hombres siguen muriendo envenenados antes de los 45 años.
Iblin no quiere que sus hijos mueran jóvenes. Cambió sus tareas de minera por las de guía turística. Masca coca y arroja dinamita como cualquier hombre pero sus changos van a la escuela.
Iblin quiere cortar la cadena de venenos que sacrificó a sus antepasados a la plata y al estaño.
El cerro Rico es claustrofóbico. Uno de los trabajos más duros que puedan imaginarse. Mete miedo y da vergüenza de los anillos de plata.
En la cabeza no para el estribillo de aquella canción: "aunque mi amo me mate yo a la mina no voy. Yo no quiero morirme en un socavón".
El cerro Rico de Potosí se encuentra a 4800 msnm. Domina toda vista desde la ciudad con su forma cónica casi perfecta. A sus pies una ciudad tranquila y parsimoniosa que se despierta tarde y reposa temprano a 4067 msnm.
Mil iglesias y callecitas que caracolean sus empedrados.
